viernes, 21 de diciembre de 2007

EL DILEMA DEL PRISIONERO

Este caso que cito a continuación indica el dilema humano entre cooperar con nuestros semejantes o competir contra ellos. Es llamado el dilema del prisionero:
Ha sido usted encarcelado junto a otra persona en espera de juicio (digamos que bajo una falsa acusación) y el fiscal les ofrece a ambos, por separado, el mismo acuerdo: si callan los dos, sin confesar ni implicar al otro, les caerán a ambos 2 años (las pruebas del Estado no son demasiado concluyentes); si usted confiesa e implica al otro y éste calla, queda usted en libertad, y a él le cae cadena perpetua; si ambos confiesan e implican al otro, a ambos les caerán 20 años. Por supuesto, si usted calla y la otra persona confiesa, él sale libre y a usted le cae la cadena perpetua.
En principio, podemos pensar que la solución es fácil: nos ponemos de acuerdo en no delatar al otro detenido y sólo caen 2 años para cada uno. Es igual de obvio cuál va a ser nuestra segunda consideración: ¿y si una vez hecho el acuerdo el otro no lo cumple y me cae cadena perpetua? No ya porque sea mala persona, sino porque no se fíe de mí, en el último momento tenga miedo y caiga en la tentación de la delación.
Bueno, he dicho que la anterior sería nuestra segunda consideración, pero si no fuéramos un alma cándida quizás habríamos tenido esta otra ocurrencia:: “Voy a traicionarle”. Así, directamente.
Con lo cual, me quedan dos opciones tras el cierre del pacto: callar, en cuyo caso me arriesgo a cadena perpetua, o traicionar, con lo que al menos me aseguro de que no moriré en la cárcel, independientemente de lo que haga el otro (o me caerán 20 años o quedaré libre).
Éste es un ejemplo de una situación en la que cooperar es ventajoso para el colectivo pero no podemos fiarnos completamente de que el otro haga sus deberes.
Como ejemplos en la vida real, tenemos la carrera armamentística, en la que las dos superpotencias sabían que había que iniciar un desarme pero ninguna quería hacer el primo y morir aplastada por la otra.
El dilema del prisionero ilustra también lo que ha ocurrido en la evolución de las especies: competencia. Un individuo de una especie no se fiaba de sus congéneres. En la especie humana, si yo hoy veo a un necesitado, podría darle dinero, alojamiento, ropas...etc. pero nos surge una duda: ¿y si yo ahora le doy lo mío y el día de mañana me falta a mí y él (ni ningún otro) no me provee y me quedo con cara de tonto?
Cristo desafió esta desconfianza natural, y conforme a sus enseñanzas vivieron las primeras comunidades cristianas. Todo fue bien, hasta que a principios del siglo IV los cristianos tocaron el poder dentro del Imperio Romano, viniéndose todo abajo.
El comunismo ha sido otro intento de rebelión contra esa desconfianza que llevamos un poco en la sangre, pero no se ha mostrado muy exitoso que digamos, quizás precisamente porque no previó que, en principio, “el hombre es un lobo para el hombre”.
Este ejemplo sirve para ilustrar que el futuro del hombre debería ser colaborador. Por centrarnos sólo en uno de los ejemplos en los que la colaboración es imperiosa, los diferentes estados deben fiarse de que los demás van a hacer sus correspondientes deberes en materia de contaminación, pues si no acabaremos pagando todos y nuestro planeta se irá al garete.
El dilema del prisionero nos muestra que la cooperación es quizás más complicada de lo que en principio pensamos, que es más que una mera buena voluntad, pues además de ésta hay que fiarse del otro.

2 comentarios:

Perreti dijo...

Creo que la manera más resumida de dar mi opinión a la dicotomía colaboración-confianza que la entrada plantea será respondiendo al dilema del prisionero. Yo creo que lo que haría, que por otro lado es lo que hay que hacer, sería callar y no delatar... ¡de modo que seguro que daba con mis huesitos en la cárcel por el resto de mis días!
Cuando digo que lo que procede es callar y no delatar, lo hago porque ni tengo por qué reconocer algo que no he hecho, ni mucho menos acusar "gratuitamente" a un tercero de ello. En consecuencia, lo propio sería que mi partener hiciera ídem, si bien, ese inherente sentimiento de desconfianza del ser humano, me hace pansar que protagonizaría "Cadena perpetua II".
Soy de la firme convicción que en esta vida de locos e individualidades, si queremos que la maquinaria social engrane y funcione con mayor o menor éxito, no nos queda otra que confiar. Además, no se puede vivir con el ojo siempre avizor para ver quien nos traiciona. Es más sacrificado vivir con la eterna incertidumbre de la desconfianza, que sufrir una decepción de vez en cuando.
Y cuando les digo todo ésto, de verdad que pueden confiar en mí.

fermín dijo...

Hay que hacer lo correcto, así podemos caminar con paso firme, lo que hacemos está bien y no tendremos en la vida cargos de conciencia.
Luego habría que determinar quien es el insensato, el delator o el delatado, quien el prisionero, quien es libre realmente.