martes, 11 de diciembre de 2007

MEA CULPA


Entonar el “mea culpa” de vez en cuando, e incluso bajarnos los pantalones si la ocasión lo requiere, es algo que considero muy sano. Con ello reconocemos que, aunque sólo sea por una vez, nos hemos equivocado. Es un baño de humildad que nos damos a nosotros mismos, y tengo en muy alta estima a aquellas personas que lo practican de vez en cuando. Sin embargo, aquéllos incapaces de entonarlo me parece que dicen así, sin quererlo, mucho en su contra.
No obstante, el concepto de culpa ha fluctuado mucho en los tiempos recientes.
En las mentes de millones de personas, durante miles de años, han sonado con fuerza desmedida estas palabras fantasmagóricas: pereza, envidia, gula, avaricia, soberbia, ira y lujuria. Muchos fueron los que en sus pesadillas evocaban estos fatídicos pecados mortales, temiendo una existencia de ultratumba sumida en la más pavorosa angustia. Son los siete pecados capitales, llamados así porque de ellos nacen todos los demás. El cuadro que aparece en esta entrada (“La Mesa de los pecados capitales”, de El Bosco), los representa como sólo el genial y originalísimo pintor holandés ha sabido hacerlo.
En tiempos de El Bosco, desde la gente común hasta reyes (Felipe II murió rodeado de muchas obras de este pintor relacionadas con el Infierno, el Purgatorio y el Cielo) regían su vida tomando como norte intentar evitar estos pecados.
El tiempo pasó, y mientras en la Iglesia se seguía hablando de la culpa, en la sociedad iba arraigando con fuerza una aversión absoluta hacia el mero hecho de nombrar esta palabra. Recuerdo que en algún libro de la New Age se recomendaba que elimináramos para siempre de nuestras mentes la palabra culpa y la sustituyéramos por otra más edulcorada: “responsabilidad”.
Hoy, nos hemos liberado claramente del concepto de pecado, algo que ya sólo queda para darle nombre a una nueva tienda de frutos secos, una nueva revista...etc. Con el concepto de pecado en el olvido, hemos arrancado de raíz la culpa judeo-cristiana.
Esta liberación tiene una cara positiva, porque nos libera de lo que en ocasiones era una carga asfixiante, y nos hace más felices... ¿o no? Mi idea es que lo que nos parece una liberación y una conquista de la libertad puede encerrar una trampa, haciéndonos precisamente perder esa libertad.
Con el sentimiento de culpa el individuo es consciente de que está obrando mal en algún sentido de su existencia. Piensa que ha obrado de una manera pero que debería haber obrado de otra. Esto es importante, porque aquí el individuo ha reconocido su libertad: ha hecho A pero era libre para hacer B. Se percibe a sí mismo como responsable de la situación creada, y por esa responsabilidad tratará de actuar de manera diferente la próxima vez.
Sin embargo, en la actualidad, la pereza se confunde con la depresión, la gula se transforma en trastornos alimentarios, la lujuria se arregla con la píldora del día después, los soberbios copan la parrilla televisiva (o bien son personas con mucha autoestima y personalidad.), la avaricia es el pan nuestro de cada día en la sociedad de consumo, la envidia es también algo lógico en nuestra sociedad capitalista (e incluso los anuncios televisivos la explotan sin pudor para vender más.) Tan sólo la ira parece que ha permanecido como abiertamente mal vista.
En otro tiempo, por ejemplo, el que comía mucho era un glotón sin paliativos. No se consideraba la ansiedad a la que pudiera estar sometida esa persona, un posible estado depresivo, un metabolismo desafortunado...etc.
Hoy, hemos pasado al extremo contrario, la culpa de nuestro comportamiento está siempre fuera de nuestro control o de nosotros mismos. Es necesario, por otra parte, reconocer que las enfermedades mentales no son una invención moderna, sino que son y han sido siempre una cruda realidad. Lo que ocurre es que ahora en muchas ocasiones no se distingue pereza de depresión, por ejemplo, y el sujeto inconscientemente se refugia en la etiqueta que le han puesto los médicos para decir: “es que yo soy así, yo no soy libre y por tanto no puedo cambiar.”
En el sistema penal actual se está dando un claro ejemplo de cómo se disipa el concepto de culpa (o responsabilidad en términos legales). El abogado defensor siempre intenta buscar un motivo que permita a su cliente salirse de rositas: una locura transitoria, una enfermedad mental, una acción previa de la víctima (que le hubiera humillado, por ejemplo), haber bebido (esta última razón no entenderé nunca por qué es un atenuante)...etc. Sin embargo, y sin salir del ámbito penal, los neurocientíficos dicen algunas cosas para reflexionar. Michael Gazzaniga, eminencia en la materia, afirma que los esquizofrénicos (incluso los más problemáticos) cometen actos violentos en una proporción idéntica a la que cometen las personas sin esa enfermedad. Esto quiere decir que la esquizofrenia no quita al sujeto su responsabilidad. Además, el mismo autor dice que, si bien el cerebro en ocasiones hace cosas antes de que seamos conscientes de ellas, nuestra conciencia siempre cuenta con unos cuantos milisegundos para detener la acción iniciada automáticamente por el cerebro (lo que él denomina libre no-albedrío, es decir, que si no siempre somos libres al menos podemos decir “no” a nuestros instintos).
He elegido el tema del presente artículo no al azar, sino porque yo mismo estoy tratando de inocularme el sentimiento de responsabilidad y libertad (como ven, me sigue resultando difícil emplear el término “culpa”).
Por lo tanto, señoras y señores, les deseo muchos remordimientos para estas Navidades (como los turrones, sin excesos).

1 comentario:

Perreti dijo...

Menudo popurrí de pareceres el que aglutina hoy en esta entrada, amigo Pisa. Coincido plenamente con usted en la salubridad del acto de reconocimiento de culpa, el cual, por desgracia, se haya en vías de extinción, así como en la inherente relación del mismo con la libertad, ya que si no hay disyuntiva, no hay elección, y por tanto no hay culpa.
El mundo de los valores está en debacle en nuestra sociedad, y entre tales valores, cómo no, se encuentra la responsabilidad. Pero es que el identificar la culpa con la responsabilidad, es de por sí uno de los problemas que hoy día nos despistan, la demagogia.
La culpa es la culpa, y la responsabilidad es la responsabilidad, cuando uno es culpable, es porque un resultado perjudicial encuentra en él su causa. Por un contrario, uno es responsable cuando algo se debe a sus actos, y esto es con independencia de que se haya hecho mal o bien. Ergo, identificar el término culpa mediante el término responsabilidad, es lo de siempre, camuflar la realidad.
La tendencia de hoy es no llamar a las cosas por su nombre, todo tiene su denominación políticamente correcta, aquella menos incisiva, más tolerante. A mi juicio, estas seudocalificaciones lo único que son es más carentes de criterio. La divisa es siempre la misma, si no abordamos los problemas, y no sólo no los abordamos sino que ni nos atrevemos a llamarlos por su nombre, difícilmente los vamos a poder solucionar.
Nos perdemos en los términos, en teorías abstractas que prácticamente nadie entiende, que son de poca aplicación en la realidad. Obviamos otras relaciones, la multicausalidad, aceptamos aquellas circunstancias acordes con nuestros esquemas y desechamos el resto, simplificamos a nuestro antojo, que es algo muy cómodo, acabamos poniendo una etiqueta, y problema resuelto.
Volviendo al hilo y concretando mi parecer respecto a la asunción de culpa, dos pueden ser las causas por las que dicho reconocimiento no se produce, o bien, las menos, por razón de desconocimiento o falta de entendederas para comprender tal extremo, o bien por soberbia. Si triste es el primero, no digo cuánto lo es el segundo, pero difícil solución tiene esto en tanto y cuanto el mercado de valores siga en crisis.