sábado, 29 de diciembre de 2007

EL QUE ESPERA...¿DESESPERA? (I)

El presente post tiene por objeto reflexionar un poco sobre el tema de la esperanza.
Es unánime la opinión de que la esperanza es el motor de la vida. En efecto, filósofos, científicos, religiosos, personas corrientes y molientes... todos están de acuerdo en que una vida sin esperanza es una vida sin sentido, sin motivación para continuar luchando en el día a día. Es, en definitiva, más una muerte que una vida.
El otro día estaba reflexionando (rayándome, por mejor decir) sobre aquellas cosas en la vida que no me salen como yo quiero. Todos nosotros sufrimos frustraciones que nos pueden llevar en mayor o menor medida al desánimo.
Pensaba también sobre el dicho de “La esperanza es lo último que se pierde”, cuando recordé un concepto psicológico del que oí hablar en una ocasión y que mi memoria ya había guardado en el desván neuronal. Se trata del concepto de “aprendizaje latente”. Hay conceptos psicológicos de los cuales uno se enamora, porque levantan el ánimo, y así tenemos la empatía, el efecto Pigmalión...etc. Son ideas positivas que nos devuelven la esperanza en el futuro.
El aprendizaje latente es un término que se refiere a aprendizajes que el individuo ha realizado pero que todavía no se han manifestado, por falta del refuerzo adecuado.
Se definió por primera vez en un experimento con ratas. A una rata se le dejaba a la entrada de un laberinto. La rata, instintivamente, se lanza a explorar los alrededores del laberinto. Este aprendizaje de cómo es el entorno no le sirve aparentemente para nada, pero sin embargo ha realizado un aprendizaje latente sobre cómo es su entorno. A otra rata se le dejaba fuera del laberinto, y por lo tanto no podía aprender nada acerca de ese entorno. Tras un tiempo sin alimentarlas, se colocaron las ratas hambrientas en el inicio del laberinto. La rata que no había aprendido nada del entorno previamente tardó más tiempo en encontrar el camino hacia la salida y la recompensa de la comida que la que había explorado el laberinto previamente: se ha manifestado un aprendizaje que estaba latente, pues cuando se da el estímulo adecuado de la comida al final del laberinto, se da una conducta exitosa: encontrar en un tiempo corto la salida del laberinto y, por lo tanto, la deseada comida.
En humanos, podemos poner como ejemplo del aprendizaje latente el referido a la violencia. Tanto los niños como las niñas aprenden a comportarse de manera violenta. Sin embargo, los niños manifiestan con más frecuencia este tipo de conductas, mientras que las niñas muestran un aprendizaje latente de las mismas, es decir, no las manifiestan tanto como los niños, a menos que llegue una situación en que el refuerzo de actuar así sea lo suficientemente atractivo (por ejemplo, para defenderse de una agresión de un compañero).
Pese a que la relación entre el aprendizaje latente y la esperanza no creo que sea técnicamente muy clara, relacioné en mis divagaciones ambos conceptos. A veces las cosas nos salen mal, pero podemos pensar que quizás estemos adquiriendo aprendizaje latente. Las cosas nos pueden salir mal una vez tras otra, pero ¿quién dice que la próxima vez no sonará la flauta del aprendizaje latente y manifestaremos la conducta objetivo?
Creo que todos hemos experimentado la satisfacción de lograr algo que se nos presentaba como imposible, que repetíamos sin éxito día tras día. Un día se nos encendió la lucecita y manifestamos por fin la conducta adecuada. El aprendizaje latente podría ser visto como el entrenamiento de un atleta que, tras muchas decepciones, llega a la meta propuesta.
En la próxima entrega, veremos cómo experimentan la esperanza la nada despreciable cifra de 1.100 millones de personas: los cristianos católicos. Lo haremos con excusa de la publicación por Benedicto XVI de su encíclica “Spe Salvi” (“Salvados por la esperanza”).

sábado, 22 de diciembre de 2007

HA NACIDO UN ALMA

¿Cuándo nace un alma? ¿Cuándo se puede decir que un alma que no existía sobre la faz de la Tierra ha comenzado su andadura en la historia humana?
Me hago estas reflexiones a raíz de las últimas noticias sobre el aborto que han aparecido en España.
En concreto, dos han sido los puntos de interés: en primer lugar, la detención de personal sanitario que llevaba a cabo abortos ilegales en clínicas clandestinas. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, la posibilidad planteada por algunos partidos políticos de cambiar la actual ley sobre el aborto en España.
No pretendo con estas reflexiones tanto responder interrogantes como plantearlos. Entre otras cosas, porque no tengo un posicionamiento personal excesivamente claro acerca de la moralidad o no del aborto. También me surgen muchas dudas, incluso más, en el dilema que es el primo hermano del aborto: el uso de células madre embrionarias para la investigación médica y la fecundación in vitro.
En España rige, en materia de aborto, una ley de 1985 que es de las menos permisivas de Europa. Es ésta una ley de supuestos, es decir, que permite el aborto en ciertas circunstancias (en nuestro caso: violación, graves defectos físicos del feto o peligro grave para la salud de la madre) y con unos períodos determinados para cada supuesto (12 semanas, 22 semanas y sin límite, respectivamente).
En otros países de nuestro entorno, la ley es de plazos, permitiendo así el aborto libre hasta una semana concreta de embarazo (por lo general, se permite el aborto libre dentro del primer trimestre.)
Francamente, si me lo hubieran preguntado hace dos semanas, yo habría jurado que aquí teníamos una ley con aborto libre hasta cierto límite temporal y, o estoy muy engañado, que todo puede ser, o pienso que en la práctica es así.
Ante el anuncio por parte de algunos partidos de la izquierda de que se iba a cambiar la actual ley de supuestos por otra de plazos, la Iglesia Católica ha protestado, por ese no tener que esgrimir ningún motivo para abortar.
Sin embargo, pienso que, en caso de tener que elegir obligatoriamente entre una ley de plazos y una de supuestos, es más coherente la primera. La ley de supuestos está diciendo que si un niño es fruto de una violación, tiene el estatus moral de persona con derecho a la vida a partir de la semana 12 de gestación. Sin embargo, si éste u otro feto presenta defectos físicos graves, un estatus moral que ya se le había concedido es revocado. Se me podrá decir que es por su bien, pero no ha sido consultado, y sin embargo a personas ancianas que desean la eutanasia se les niega, por muy graves que sean sus defectos físicos. Resumiendo, la ley de supuestos no me parece lógica ni coherente.
Es sin embargo mucho más lógico señalar un momento temporal de desarrollo del feto a partir del cual adquiere un estatus moral que incluye el derecho a la vida de manera irreversible. No me meto en cuándo establecer ese límite temporal, hay gran variedad de opiniones al respecto, y doctores tiene la Santa Iglesia y la Santa Medicina para determinarlo con tino. En lo que me interesa hacer hincapié es en que se debe fijar un momento a partir del cual la vida sea intocable, sin valer que en el supuesto A el derecho a la vida empiece en la semana X y en el supuesto B empiece en la semana Y.
Todo lo que acabo de decir no significa ni mucho menos que yo esté a favor del aborto. Tampoco estoy en contra. Me parece un tema muy complejo moralmente.
La Iglesia Católica argumenta que en cuanto se unen la célula espermatozoide y la célula óvulo, aparece una nueva entidad con un ADN único. Algunos neurólogos no le dan a esto ninguna importancia, pues según ellos aunque el ADN sea único, no deja de ser un conglomerado de células sin alma. Para estos neurólogos, el nacimiento del alma está relacionado con la aparición del sistema nervioso.
Hay que precisar aquí que hasta hace poco tiempo el alma se consideraba algo inmaterial que se alojaba en algún lugar del cerebro y ejercía desde allí su control total del individuo. Las investigaciones recientes sin embargo no encuentran por ningún lado ese alma de origen divino, y la conclusión a la que llegan es que el alma es la conciencia, y ésta emerge de las estructuras físicas del sistema nervioso, se identifica con esas estructuras.
Es por ello que los científicos dan gran importancia al momento en que es creado el sistema nervioso. Se ha determinado que a los 14 días se dan los primeros indicios de configuración de un sistema nervioso en el feto. Hasta los 6 meses ese sistema nervioso no es capaz de defenderse, y es en este momento cuando el feto ya podría vivir autónomamente fuera del vientre materno, aunque con cuidados médicos. Consecuentemente, los científicos se dan un plazo máximo de 14 días para investigar con células madre embrionarias y para desechar embriones dañados para la fecundación in vitro. Piensan asimismo que en ningún caso se puede abortar a partir del 6º mes de embarazo, cuando ya podemos hablar de un ser sensible capaz de responder a estímulos aversivos.
Concluyo ya diciendo que mi posición en este tema es similar a la de Felipe González con respecto a la entrada de España en la OTAN: “OTAN, de entrada no”. Yo lo parafraseo diciendo “aborto, de entrada no”. Felipe acabó siendo un defensor a ultranza de la OTAN, no sé si yo acabaré gritando “Nosotras parimos, nosotras decidimos.” Todo puede ser.
En cuanto a la investigación, recientemente se han conseguido sustituir las células madre embrionarias por células madre provenientes de la piel, lo cual eliminaría el debate moral de raíz. ¡Ojalá esa línea de investigación resulte eficaz! ¡Un quebradero de cabeza menos!

viernes, 21 de diciembre de 2007

EL DILEMA DEL PRISIONERO

Este caso que cito a continuación indica el dilema humano entre cooperar con nuestros semejantes o competir contra ellos. Es llamado el dilema del prisionero:
Ha sido usted encarcelado junto a otra persona en espera de juicio (digamos que bajo una falsa acusación) y el fiscal les ofrece a ambos, por separado, el mismo acuerdo: si callan los dos, sin confesar ni implicar al otro, les caerán a ambos 2 años (las pruebas del Estado no son demasiado concluyentes); si usted confiesa e implica al otro y éste calla, queda usted en libertad, y a él le cae cadena perpetua; si ambos confiesan e implican al otro, a ambos les caerán 20 años. Por supuesto, si usted calla y la otra persona confiesa, él sale libre y a usted le cae la cadena perpetua.
En principio, podemos pensar que la solución es fácil: nos ponemos de acuerdo en no delatar al otro detenido y sólo caen 2 años para cada uno. Es igual de obvio cuál va a ser nuestra segunda consideración: ¿y si una vez hecho el acuerdo el otro no lo cumple y me cae cadena perpetua? No ya porque sea mala persona, sino porque no se fíe de mí, en el último momento tenga miedo y caiga en la tentación de la delación.
Bueno, he dicho que la anterior sería nuestra segunda consideración, pero si no fuéramos un alma cándida quizás habríamos tenido esta otra ocurrencia:: “Voy a traicionarle”. Así, directamente.
Con lo cual, me quedan dos opciones tras el cierre del pacto: callar, en cuyo caso me arriesgo a cadena perpetua, o traicionar, con lo que al menos me aseguro de que no moriré en la cárcel, independientemente de lo que haga el otro (o me caerán 20 años o quedaré libre).
Éste es un ejemplo de una situación en la que cooperar es ventajoso para el colectivo pero no podemos fiarnos completamente de que el otro haga sus deberes.
Como ejemplos en la vida real, tenemos la carrera armamentística, en la que las dos superpotencias sabían que había que iniciar un desarme pero ninguna quería hacer el primo y morir aplastada por la otra.
El dilema del prisionero ilustra también lo que ha ocurrido en la evolución de las especies: competencia. Un individuo de una especie no se fiaba de sus congéneres. En la especie humana, si yo hoy veo a un necesitado, podría darle dinero, alojamiento, ropas...etc. pero nos surge una duda: ¿y si yo ahora le doy lo mío y el día de mañana me falta a mí y él (ni ningún otro) no me provee y me quedo con cara de tonto?
Cristo desafió esta desconfianza natural, y conforme a sus enseñanzas vivieron las primeras comunidades cristianas. Todo fue bien, hasta que a principios del siglo IV los cristianos tocaron el poder dentro del Imperio Romano, viniéndose todo abajo.
El comunismo ha sido otro intento de rebelión contra esa desconfianza que llevamos un poco en la sangre, pero no se ha mostrado muy exitoso que digamos, quizás precisamente porque no previó que, en principio, “el hombre es un lobo para el hombre”.
Este ejemplo sirve para ilustrar que el futuro del hombre debería ser colaborador. Por centrarnos sólo en uno de los ejemplos en los que la colaboración es imperiosa, los diferentes estados deben fiarse de que los demás van a hacer sus correspondientes deberes en materia de contaminación, pues si no acabaremos pagando todos y nuestro planeta se irá al garete.
El dilema del prisionero nos muestra que la cooperación es quizás más complicada de lo que en principio pensamos, que es más que una mera buena voluntad, pues además de ésta hay que fiarse del otro.

martes, 11 de diciembre de 2007

MEA CULPA


Entonar el “mea culpa” de vez en cuando, e incluso bajarnos los pantalones si la ocasión lo requiere, es algo que considero muy sano. Con ello reconocemos que, aunque sólo sea por una vez, nos hemos equivocado. Es un baño de humildad que nos damos a nosotros mismos, y tengo en muy alta estima a aquellas personas que lo practican de vez en cuando. Sin embargo, aquéllos incapaces de entonarlo me parece que dicen así, sin quererlo, mucho en su contra.
No obstante, el concepto de culpa ha fluctuado mucho en los tiempos recientes.
En las mentes de millones de personas, durante miles de años, han sonado con fuerza desmedida estas palabras fantasmagóricas: pereza, envidia, gula, avaricia, soberbia, ira y lujuria. Muchos fueron los que en sus pesadillas evocaban estos fatídicos pecados mortales, temiendo una existencia de ultratumba sumida en la más pavorosa angustia. Son los siete pecados capitales, llamados así porque de ellos nacen todos los demás. El cuadro que aparece en esta entrada (“La Mesa de los pecados capitales”, de El Bosco), los representa como sólo el genial y originalísimo pintor holandés ha sabido hacerlo.
En tiempos de El Bosco, desde la gente común hasta reyes (Felipe II murió rodeado de muchas obras de este pintor relacionadas con el Infierno, el Purgatorio y el Cielo) regían su vida tomando como norte intentar evitar estos pecados.
El tiempo pasó, y mientras en la Iglesia se seguía hablando de la culpa, en la sociedad iba arraigando con fuerza una aversión absoluta hacia el mero hecho de nombrar esta palabra. Recuerdo que en algún libro de la New Age se recomendaba que elimináramos para siempre de nuestras mentes la palabra culpa y la sustituyéramos por otra más edulcorada: “responsabilidad”.
Hoy, nos hemos liberado claramente del concepto de pecado, algo que ya sólo queda para darle nombre a una nueva tienda de frutos secos, una nueva revista...etc. Con el concepto de pecado en el olvido, hemos arrancado de raíz la culpa judeo-cristiana.
Esta liberación tiene una cara positiva, porque nos libera de lo que en ocasiones era una carga asfixiante, y nos hace más felices... ¿o no? Mi idea es que lo que nos parece una liberación y una conquista de la libertad puede encerrar una trampa, haciéndonos precisamente perder esa libertad.
Con el sentimiento de culpa el individuo es consciente de que está obrando mal en algún sentido de su existencia. Piensa que ha obrado de una manera pero que debería haber obrado de otra. Esto es importante, porque aquí el individuo ha reconocido su libertad: ha hecho A pero era libre para hacer B. Se percibe a sí mismo como responsable de la situación creada, y por esa responsabilidad tratará de actuar de manera diferente la próxima vez.
Sin embargo, en la actualidad, la pereza se confunde con la depresión, la gula se transforma en trastornos alimentarios, la lujuria se arregla con la píldora del día después, los soberbios copan la parrilla televisiva (o bien son personas con mucha autoestima y personalidad.), la avaricia es el pan nuestro de cada día en la sociedad de consumo, la envidia es también algo lógico en nuestra sociedad capitalista (e incluso los anuncios televisivos la explotan sin pudor para vender más.) Tan sólo la ira parece que ha permanecido como abiertamente mal vista.
En otro tiempo, por ejemplo, el que comía mucho era un glotón sin paliativos. No se consideraba la ansiedad a la que pudiera estar sometida esa persona, un posible estado depresivo, un metabolismo desafortunado...etc.
Hoy, hemos pasado al extremo contrario, la culpa de nuestro comportamiento está siempre fuera de nuestro control o de nosotros mismos. Es necesario, por otra parte, reconocer que las enfermedades mentales no son una invención moderna, sino que son y han sido siempre una cruda realidad. Lo que ocurre es que ahora en muchas ocasiones no se distingue pereza de depresión, por ejemplo, y el sujeto inconscientemente se refugia en la etiqueta que le han puesto los médicos para decir: “es que yo soy así, yo no soy libre y por tanto no puedo cambiar.”
En el sistema penal actual se está dando un claro ejemplo de cómo se disipa el concepto de culpa (o responsabilidad en términos legales). El abogado defensor siempre intenta buscar un motivo que permita a su cliente salirse de rositas: una locura transitoria, una enfermedad mental, una acción previa de la víctima (que le hubiera humillado, por ejemplo), haber bebido (esta última razón no entenderé nunca por qué es un atenuante)...etc. Sin embargo, y sin salir del ámbito penal, los neurocientíficos dicen algunas cosas para reflexionar. Michael Gazzaniga, eminencia en la materia, afirma que los esquizofrénicos (incluso los más problemáticos) cometen actos violentos en una proporción idéntica a la que cometen las personas sin esa enfermedad. Esto quiere decir que la esquizofrenia no quita al sujeto su responsabilidad. Además, el mismo autor dice que, si bien el cerebro en ocasiones hace cosas antes de que seamos conscientes de ellas, nuestra conciencia siempre cuenta con unos cuantos milisegundos para detener la acción iniciada automáticamente por el cerebro (lo que él denomina libre no-albedrío, es decir, que si no siempre somos libres al menos podemos decir “no” a nuestros instintos).
He elegido el tema del presente artículo no al azar, sino porque yo mismo estoy tratando de inocularme el sentimiento de responsabilidad y libertad (como ven, me sigue resultando difícil emplear el término “culpa”).
Por lo tanto, señoras y señores, les deseo muchos remordimientos para estas Navidades (como los turrones, sin excesos).

miércoles, 5 de diciembre de 2007

N.M: NECESITAMOS MEJORAR


Se acaba de publicar el informe PISA 2006, que es un termómetro de la situación educativa en 57 países (los 30 de la OCDE, más otros 27).
Para España, este informe ha supuesto un varapalo considerable, pues nos situamos por debajo de la media de los países de la OCDE (los más industrializados). Especialmente dramática es la situación en comprensión lectora, en la que hemos perdido cuatro puestos desde la última evaluación, situándonos a la cola de los países más avanzados.
Afortunadamente, en Aragón los resultados han sido más satisfactorios: buenos resultados en la escala de ciencias y en la escala de matemáticas (en ambas escalas estamos por encima de la media de la OCDE). Es en la escala de lectura donde, como en el resto de España, tenemos problemas: nos situamos por debajo de la media, aunque bastante cercanos, de los países de la OCDE. Además, hay un alto porcentaje de alumnos (18%) situados en un nivel muy bajo de comprensión lectora.
La primera reflexión que me viene a la cabeza automáticamente es ésta: si en Aragón, que no parece un dechado de virtudes educativas, vamos “sobrados”, ¿cómo irán en otras comunidades como Andalucía, la peor de toda España? No quiero ni pensar lo que será entrar en un aula de Andalucía o Cataluña.
Cito Cataluña porque de un dato a ella relativo extraigo mi segunda reflexión: Cataluña está a la cola de las comunidades españolas. ¡Siempre querida y otrora admirada Cataluña! ¿Quién te ha visto y quién te ve? Vanguardia de la nación española (o naciones, que en eso no me meto), alabada por el mismo Cervantes en su Quijote, y ahora...hundida en el ámbito educativo (¿por culpa de sus dirigentes y sus políticas lingüísticas?).
Por otra parte, hace poco tiempo leí algunas encuestas realizadas a maestros de primaria y profesores de secundaria. Bien es cierto que todas las encuestas deben ser tomadas con cautela, más como indicadores que como realidades. Sin embargo, en estas encuestas los maestros y profesores afirmaban mayoritariamente que la educación española ha empeorado en los últimos lustros, y lo que es más significativo, pensaban que iba a continuar empeorando en los próximos años.
Por supuesto que va a seguir empeorando. En las elecciones de 2008, o a más tardar en las de 2012, el PP accederá al poder y, ¿cuál será una de sus primeras acciones? Pues hacer lo que hizo el PSOE en 2004: cargarse la ley educativa del contrario e imponer la propia. En el caso del PSOE, Zapatero sustituyó la LOCE (Ley Orgánica de Calidad de la Educación) por la LOE (Ley Orgánica de Educación).
Esta variación continua de leyes enloquece el sistema educativo. Los países con mejores resultados en el informe PISA tienen un marco legislativo estable y consensuado por los diferentes partidos políticos.
Los dos grandes partidos a nivel nacional (PP y PSOE) deben imperativamente llegar a un consenso en materia de educación. Ese consenso se plasmaría en una ley con vocación de amplia duración. No puede ser que cada vez que el signo político del gobierno cambia, se cambie también la ley educativa.
Aún con todo, este consenso es necesario pero no suficiente. No se nos puede escapar que la complejidad del sistema educativo requieres soluciones en varios frentes.
De este modo, las familias deben adquirir mayor protagonismo en la educación de sus hijos, no pueden delegar en los maestros y las escuelas la formación integral de aquéllos. Además, el profesor ha perdido prestigio, y los padres se ponen muchas veces del lado de sus hijos frente al profesor. Los padres no pueden olvidar que, sea bueno o malo el maestro, se encuentran ante una autoridad del Estado, en este caso en materia educativa. Por lo tanto, alumnos y padres deben dispensar al maestro el mismo trato que dispensarían a un policía. Así fue reconocido recientemente cuando las agresiones de los padres a los profesores se tipificaron como un atentado contra la autoridad.
En Finlandia, número 1 en educación según el informe PISA, el sistema educativo se basa en el ya nombrado prestigio de los profesores y en la adecuada formación de éstos.
Pienso que, en nuestro país, es precisamente la baja formación de los maestros y profesores la que los desprestigia ante la sociedad. La formación de los maestros de Primaria debe ser más exigente, y los profesores de secundaria deben tener amplios conocimientos psicopedagógicos, además de técnicos.
Por otra parte, no pienso que el problema sea de los niños, aun con la creciente diversidad. Si a un niño se le exige 10, le costará llegar a 10, pero lo logrará. Si al mismo niño le exigimos que llegue a 50, le costará llegar también, pero es muy probable que llegue. En todo caso, si no llega a 50 quizás llegue a 40. Sin embargo, hoy en la escuela se exige poco. Los alumnos pueden dar más de si, no son más tontos que los niños de pasadas generaciones. Con carácter general, si a un niño se le pide que se aprenda una poesía de 30 líneas, le parecerá difícil, pero lo hará. Hoy sin embargo pienso que por si acaso el niño no llega a eso, se le pide que memorice un poema de 10 líneas y listo. Este planteamiento no es correcto. El buen maestro exige a los niños. Exigirá a cada uno según sus capacidades, por supuesto, pero con carácter general el nivel exigido será alto.
Por último, aprender de manera divertida es muy agradable, pero hay que reconocer que hay puntos a los que la mera motivación no llega. En esos puntos, sólo cabe, junto con la motivación, la disciplina y la voluntad.
Resumiendo, nos jugamos mucho con la educación, ni más ni menos que nuestro futuro, y las cosas están yendo francamente mal. Nuestra bonanza económica no se corresponde con el cataclismo educativo. Por ello, debemos invertir más en educación, especialmente allí donde es rentable pedagógicamente: en la formación del profesorado.