miércoles, 20 de febrero de 2008

¡MODERNÍCENSE, POR DIOS!

Me llega la hoja parroquial todas las semanas. E igualmente todas las semanas al menos le echo un vistazo. En la portada escriben todos los curas una especie de editorial. Esta semana el tema es la asignatura de Educación para la Ciudadanía (EPC) y me he dicho: de hoy no pasa, tengo que explayarme en el blog, que si bien no tiene los 4.200 ejemplares de tirada que el citado opúsculo eclesiástico, cuenta con una selecta audiencia.
Me llama en primer lugar la atención el momento en que ha salido este editorial. Tres semanas antes de las elecciones generales, en un momento en que la controversia sobre la asignatura no es alta. Está bien dar las orientaciones generales de voto a los fieles, pero aquí ya se les ha ido la neutralidad de las manos, se han excedido en su celo de orientar.
Para empezar, quiero exponer una contradicción manifiesta. Los obispos (Conferencia Episcopal Española) se rasgan las vestiduras porque el Parlamento español, sede donde nos hallamos representados todos los españoles, quiera imponer una asignatura con unos determinados valores. “¿Cómo es posible -abominan los obispos- que el Parlamento quiera imponer su visión antropológica de la vida?” Eso lo dicen por la mañana, y por la tarde pasan a protestar de que no sean ellos quienes tengan el derecho a imponer su propia visión (protestando por el retroceso de la asignatura de Religión Católica en la escuela pública). ¿En qué quedamos, en qué sólo ustedes pueden imponer valores o qué? ¿no estará más autorizado para ello el Parlamento, que al fin y al cabo representa a todos los españoles, y no sólo a los católicos? ¡Un poquito de coherencia, Conferencia!
Pasamos en segundo lugar a otro argumento. Dice la Iglesia y otros sectores conservadores (Iglesia conservadora, otra contradicción más) que la escuela no está para enseñar valores ni moral. ¡Acabáramos! ¿pues para qué está entonces? La familia, valor tan cacareado por ellos, es el primer agente de socialización, pero la escuela es el segundo. Y socializar no significa aprender matemáticas o medio, sino aprender los valores básicos para la convivencia en sociedad. ¿O es que cuando un maestro regaña a un niño por pegarse con otro le está enseñando Física Cuántica? No, le enseña valores, en este caso a rechazar el contravalor de la violencia.
Todas las corrientes pedagógicas modernas precisamente quieren dar valor a la educación emocional, la cooperación entre los alumnos... pues ellos no, nada de valores, ahora quieren que sólo se estudie matemáticas y lengua... y Religión Católica, eso sí.
Como argumento a favor de la postura eclesial, admito que hay pocos países modernos que cuenten con esta asignatura en su currículo. Además, son países que ni de lejos alcanzan el progresismo postmoderno de los obispos. Así, sólo países tan atrasados como Inglaterra, Irlanda, Italia, Suecia, Francia, Bélgica, República Checa, Portugal, Luxemburgo, Holanda, Eslovenia, Polonia, Estonia y Grecia cuentan con esta asignatura. Además, como contenido trasversal aparece en Dinamarca, Hungría, Alemania, Chipre, Noruega y Finlandia. En Estados Unidos juega un papel determinante.
Yo creo que ya me alineo con la Iglesia, vuelvo al redil: ante tales dudas sobre la conveniencia o no de esta asignatura en todo el globo, será mejor replantearse la cuestión. Que la tengan unas cuantas repúblicas bananeras no quiere decir nada. ¡De nuevo España será la reserva espiritual de Occidente!
Un “pero” importante que sí hay que ponerle al PSOE es que los contenidos no se consensuaran con el PP, de ahí que mis críticas no se hayan dirigido hacia ese partido. El matiz es importante, pues el PP rechaza los contenidos, la Iglesia la existencia de la asignatura.

lunes, 18 de febrero de 2008

¿HAY VIDA ANTES DE LA MUERTE?

Leo de vez en cuando un libro que me regalaron de Jorge Bucay. Se titula “Cuentos para pensar”. Desconfiaba un poco de la lectura, pero el primer capítulo fue una sorpresa positiva, por la información interesante que aportaba.
Pensaba hacer la presente entrada sobre ese capítulo inaugural, pero a última hora veo que el segundo capítulo (el primer cuento del libro) quizás tenga más tela que cortar.
El cuentecillo, que sólo ocupa 4 páginas, trata de un hombre que entra por casualidad y sin saberlo en un cementerio. En las lápidas, junto al nombre de cada difunto, pone el tiempo que vivió. Conforme observa las lápidas, ve que todos vivieron poco tiempo: Fulano, vivió 5 años 8 meses 2 semanas y 1 día; Mengana, vivió 8 años y 1 mes; Zutano, vivió 10 años 3 meses 1 semana y 2 días.
Cuando el visitante comprobó que ningún período de tiempo superaba los 11 años, creyó que era un cementerio de niños, y se echó a llorar. Sin embargo, pasó por ahí un lugareño que le aclaró las costumbres del lugar: cuando un joven cumplía 15 años, se le daba una libreta para que la llevara al cuello y anotara allí los momentos “en los que de verdad había vivido”, en los que había disfrutado de un amor, una sonrisa, una amistad, una puesta de sol...etc. Luego, al ser enterrados, se suma el tiempo de sus libretas en el que han vivido y se escribe en la lápida.
Este cuento es bonito, pero creo que no refleja la esencia de la vida, y puede llevar al error a quien crea que así es.
A Schopenhauer este cuento le habría repateado las tripas, porque para él lo bueno es efímero, flor engañosa de un día, mientras que lo malo es lo real y auténtico. Por lo tanto, no hay que afanarse en conseguir lo bueno, sino en evitar lo malo y todo peligro que nos lleve hacia lo malo. En el ejemplo del cuento, Schopenhauer habría escrito en las lápidas lo real: cuánto tiempo sufrió. ¿Por qué escribir algo que no es real sino ficticio como los momentos gozosos?
Ni siquiera yo soy tan pesimista como el filósofo alemán, pero me sirve de apoyo para lo que quiero decir. Y esto es que en la vida, no hay que contar sólo los momentos de bienestar o placer. Esto lleva hoy en día a confusión peligrosa. Lleva a la búsqueda del placer como valor estrella. Está muy bien el placer, pero en la vida hay algo más que momentos de bienestar: hay momentos para derramar amargas lágrimas de desamor, para velar el cuerpo sin vida de un familiar, para consolar a un amigo, para guardar cama por una enfermedad, para pasar noches en vela cuidando de nuestros retoños...etc. ¿Acaso no son éstos también momentos vividos, momentos de calidad, no desperdiciados?
Luego, la gente dice que la felicidad no existe, o que es muy efímera. ¡Hombre, si queremos estar todo el día embriagados de placer o profundamente enamorados, yo también estoy de acuerdo en que la felicidad es efímera!
Lo que pasa es que yo no concibo la felicidad así. Tengo que decir que hablo de oídas, porque cuando era feliz no podía pensar sobre la felicidad (doblemente feliz, pues), y ahora ya mucho tiempo ha que pasó por estos lares ese bendito sentimiento.
Pues eso, que la felicidad no es estar todo el día en el Nirvana. Recuerdo que en la facultad se nos pidió en una asignatura de Psicología que ordenáramos diez valores por orden de importancia. Yo, sin afán polemista, coloqué el placer en el lugar décimo. Vale, quizás me excedí un poco al colocar valores como la popularidad por delante, pero la filosofía que subyace allí me sigue siendo válida hoy. A saber, cuando uno está autorrealizado, con autoestima, con sensación de poder para controlar las cosas de su entorno... aunque no haya un motivo fuera de lo rutinario para ser feliz, se es feliz.
O sea, que se puede ser feliz una vida entera aunque hayas tenido pérdidas de seres queridos, desamor, enfermedad...sucesos normales en la vida que también forman parte de la misma. Se pasa a ser infeliz cuando estos últimos factores no son compensados por los otros factores positivos.

jueves, 14 de febrero de 2008

DARWIN Y SAN VALENTIN (Y II)

Vimos en la última entrega que el amor trabaja a sueldo de la evolución. El amor debe procurar que dos personas estén juntas al menos el tiempo preciso para garantizar la supervivencia de sus vástagos y, con ellos, de la especie.
Parece, sin embargo, que el común de los mortales tiene una visión más elevada del amor. Nos inclinamos a pensar que el amor, que ha hecho correr ríos de tinta (y de sangre), no es sólo un burdo mecanismo evolutivo.
¿Qué es entonces el amor? ¿ un arma para la reproducción de la especie o un don divino metafísico?
Para mí, el amor es algo muy elevado. Que el amor sea un producto de la evolución, como demuestra la ciencia, no invalida su grandeza. Del mismo modo, el hombre no tiene por qué perder su condición moral y espiritual (de hijo de Dios, incluso) por haber sido sometido al mismo troquelado de la evolución.
El momento clave para la aparición de la dignidad humana, según mi punto de vista, es aquél en el que, emergiendo de la naturaleza, sobresaliendo de ella, el homo sapiens adquiere conciencia de sí mismo (ver imagen a la derecha).
Esa conciencia parece la chispa divina con la que Dios señala al hombre como especie elegida. Lo distingue del resto de la creación. Del mismo modo, el amor pasa a ser también un signo diferenciador entre el hombre y el resto de especies.
El amor, después de la adquisición de la conciencia, tiene algo que antes no poseía: la vocación de permanencia y aun eternidad. Lo que verdaderamente distingue al amor humano es la idea de compromiso: dos personas se unen, pero además de unirse por un deseo físico, se unen más íntimamente por el compromiso mutuo en un proyecto con vocación vitalicia.
El amor ha estado en crisis, especialmente durante las décadas de los 80 y de los 90, precisamente porque se rechazaba esa idea, y el amor dejaba de ser compromiso. Era más bien en muchos casos capricho momentáneo. Y los expertos cifran en sólo 7 los años que dura el enamoramiento intenso. Hagan cuentas.
Para San Pablo y para los hombres y mujeres de espíritu de todos los tiempos, el amor es un don divino.
Así, San Pablo, en una explosiva apología del amor (carta a los Corintios, que se lee en muchas bodas), dice lo siguiente: “Entre estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor, el amor es la mayor de las tres”.
Además, Pablo, en una afirmación en la que ya parece anticipar el ataque desde el campo científico, dice: “El amor no pasa nunca [...] el don de ciencia dejará de existir [...] pero cuando venga lo perfecto desaparecerá lo imperfecto”.
Por otra parte, muchos son los enamorados que ponen el amor como principal baluarte en la lucha contra la muerte. En El Cantar de los Cantares, una frase preciosa señala: “el amor es tan fuerte como la muerte". La ciencia, por el contrario, en su versión más materialista, no puede concebir la victoria del amor sobre la muerte.
Como conclusión, creo que tanto para el hombre animal racional como para el hombre ser espiritual, el amor es un proyecto estrella, privilegiado, dentro del horizonte vital de toda persona. Proyecto que, por desgracia, no son pocas las veces que no cuaja.

lunes, 11 de febrero de 2008

DARWIN Y SAN VALENTÍN


Darwin y Valentín no se ponen de acuerdo. Hasta ahora, el amor había sido dominio exclusivo de la moral y la espiritualidad, pero recientemente la ciencia ha entrado en su terreno.
Los más candentes avances científicos acerca del amor arrojan una visión alejada del halo de espiritualidad que comúnmente le otorgamos, una visión más prosaica de este sentimiento.
Si consideramos el instinto de fusión como una forma primitiva de amor, éste nacería a la vez que la vida, pues los seres biológicamente más simples ya tenían la necesidad de unirse con otros para aunar esfuerzos y mitigar los peligros provenientes del medio.
A causa de estas sucesivas fusiones, y a lo largo de decenas de millones de años, los organismos crecieron en complejidad, hasta llegar a los primeros homínidos, seres ya casi en la cumbre de la evolución.
En ellos, el instinto de fusión original sufre cambios clave que configurarán la forma de amar de la especie estrella de la evolución (sí, sí, usted y yo en el estrellato por una vez).
Si comparamos la evolución con un mercado de valores, podríamos decir que hubo un punto a partir del cual el valor “amor” comenzó a subir como la espuma.
Nos situamos hace unos cuantos millones de años. Por aquel entonces, como sabrá el amable lector, en la sabana africana no había mercado de valores o Bolsa. En una ficticia sesión bursátil, de repente un tipo habría entrado y habría gritado: “Las crías humanas necesitan más cuidados y atenciones” En ese momento, los inversores habrían comenzado a gritar "compra amor, compra amor" y "vende promiscuidad". El motivo de su revalorización bursátil se explica a continuación.
El amor empezó a ser premiado por la evolución porque las crías humanas necesitaban mayores atenciones y cuidados cada vez. Si un individuo tenía 2 hijos con una mujer, 4 con otra y 3 con una tercera, quizás sólo sobreviviera uno de sus hijos, porque quien mucho abarca poco aprieta, y podría perfectamente dejar a todos sus hijos de la mano de Dios. Sin embargo, si otro individuo que tuviera en los genes ser más fiel tiene 5 hijos con una mujer, probablemente les dé los cuidados oportunos, y podrían sobrevivir todos. Ojo, no digo que la fidelidad vaya totalmente en los genes... aunque en parte sí.
Es decir, que la evolución ha premiado el gen del amor (de un portador se pasa a 5 posibles portadores) mientras que ha sido inmisericorde con el gen de la promiscuidad (un portador sólo ha logrado otro posible portador).
Hubo otro momento en el que la evolución hizo cotizar al alza al amor: con la aparición de la conciencia, los instintos podían ser reprimidos. Incluido el instinto de reproducirse sexualmente. Aquí fue donde el amor tuvo que cortar por lo sano nublando la razón.
Estos servicios prestados por el amor a nuestra supervivencia nos hacen hoy amar como amamos. Lo malo es que más parecen los servicios de un matón que los de un San Valentín, que visto lo visto parece languidecer.
En la próxima entrega veremos qué tiene que decir el campo espiritual de todo esto, y veremos si es posible llegar a un acuerdo de mínimos científico-religioso que defina qué es el amor. Anticipo que en una cuestión no se van a poner de acuerdo: ¿vence el amor a la muerte?
Por cierto, sólo me queda desearles feliz día de San Valentín.

viernes, 8 de febrero de 2008

ALL YOU NEED IS LOVE

“Al atardecer de la vida, te examinarán del amor”, dijo San Juan de la Cruz. El santo se refería a que lo único que pesará en nuestro Juicio particular será lo que hayamos amado.
Mientras llega ese examen final, ahora, en el amanecer, mañana o mediodía de nuestras vidas, podemos hacer un pequeño examen parcial (no valedero para la calificación final) para ver qué tal nos desenvolvemos en este aspecto crucial de la vida humana: nuestra capacidad de amar.
Para hacer esta pequeña reflexión propongo dos vías (puede usted escoger la que más le convenga):
La primera vía es dirigirse al enlace de “El viaje al amor”, libro escrito por Eduardo Punset, y completar allí un breve cuestionario que tiene el máximo rigor científico. En función de la puntuación, tenemos cuatro diagnósticos posibles sobre nuestra capacidad amatoria. En mi caso particular, el diagnóstico tiene la precisión de un reloj suizo. Por cierto, que la puntuación que he obtenido no es para tirar cohetes, no les digo más.
La segunda vía es analizar las variables que influyen en la capacidad de amar, y examinar, grosso modo, cómo funcionan en nosotros dichas variables.
Así, la fórmula del amor (siempre según Punset) y sus variables son:
Amor = (a + i + x) k
El denominador es 1 porque suponemos que no hay defecto personal genético o de otro tipo, como esquizofrenia. Si hubiera defecto, la capacidad de amar caería drásticamente.
En cuanto a los elementos del numerador, éstos son:
· a: El apego seguro. Se refiere a que el bebé debe tener un punto de partida en el que se sienta seguro (la madre normalmente). Desde esta base, se emprenden excursiones sucesivas al mundo exterior. Configurará nuestro sentimiento de autoestima. De él dependerá la calidad de nuestro paso por la escuela y la incorporación a la vida profesional y laboral. A mayor apego, mayor capacidad de amar.
· i: La inversión parental. Se refiere fundamentalmente al esfuerzo que hemos realizado en la construcción de una pareja y una familia sólidas. Son importantes los compromisos con la pareja para articular el soporte material y psicológico de la convivencia, y la capacidad de negociación para definir los márgenes respectivos de la libertad personal de cada miembro de la pareja. A mayor inversión parental, mayor capacidad de amar.
· x: La vida emotiva del individuo, su nivel de resistencia biológica y psicológica (resiliencia) y su actitud frente a la emoción negativa del desprecio. A mayor vida emotiva y resistencia, mayor capacidad de amar.
· k: El entorno político e institucional. En una sociedad mafiosa con un Estado corrupto, mala atención sanitaria, sin guarderías...etc. las posibilidades de desarrollar la capacidad de amor son menores.
Ahora, una vez que conocemos nuestra capacidad de amar, podemos ver dónde podemos cambiar. Antaño, la misma sentencia de San Juan de la Cruz lo refleja, se creía que dicha capacidad estaba totalmente bajo nuestro control. Hoy nos hemos zafado de ese ingenuo optimismo y podemos ser más prácticos.

martes, 5 de febrero de 2008

DE PRIMERO, NEURONAS FRITAS

La ciencia avanza que es una barbaridad. Parece como si los científicos hubieran puesto el turbo en su avance hacia el paraíso terrenal (con permiso de la Iglesia, que tiene, y quizás con razón, la propiedad intelectual del mismo).
Saco esta reflexión a raíz de dos avances científicos espectaculares, alucinantes. El primero de ellos es muy reciente, y el segundo, auque más antiguo, es muy desconocido. Ambos tienen como denominador común el uso de electricidad en el cerebro, a quemarropa por cierto.
Vayamos con el primer logro. Recientemente apareció en varios medios de comunicación la siguiente noticia: un grupo de científicos estaba tratando a un hombre obeso de 50 años. El tratamiento consistía en un experimento en el que se le aplicaba una corriente eléctrica en un área específica del cerebro. El objetivo era que el hombre dejara de tener un hambre patológica, vamos, que dejara de pecar por gula, como dirían los antiguos.
Una vez aplicada la corriente, los médicos interrogaron al paciente sobre los resultados, y él dijo que hambre, lo que se dice hambre, seguía teniendo la misma, pero que sí que había notado una especie de déjà vu, en el que había comenzado a recordar vivencias personales de hace 30 años. Los investigadores, como en muchas ocasiones por accidente, acababan de lograr lo inaudito: activar recuerdos que yacían sepultados en el cerebro del paciente. Abren con ello una línea prometedora de investigación contra el Alzheimer.
En cuanto al segundo avance, se remonta al siglo XVII. Anda que te dicen en esos pretéritos tiempos que te van a meter un garrampazo en la cabeza y sales corriendo que ya no te vuelve a ver ni el pelo ni las neuronas. Los jesuitas al parecer lo aplicaban en tierras americanas, con nativos sin duda más dóciles.
Estoy seguro de que muchos de ustedes conocían este tratamiento pero lo creían en desuso. Consiste en la aplicación de descargas eléctricas en zonas concretas del cerebro, para aplacar al demonio de la depresión, siempre voraz e insatisfecho. Vamos, para dejar de pecar por pereza, como también decían nuestros ancestros.
Los resultados son muy positivos en depresiones resistentes a los fármacos y, aunque parezca imposible, hoy y aquí este tratamiento se aplica. Incluso los guionistas de House (serie que me encanta), cometieron un error de bulto al presentar esta práctica como una reliquia decimonónica. Hoy, eso sí es verdad, se aplica con todas las garantías y escasísimo riesgo para el paciente.
Sobre el funcionamiento de este segundo tratamiento, he oído dos versiones: según la primera, la eficacia radica en la liberación de neurotransmisores (como la serotonina). De acuerdo con el segundo punto de vista, las relaciones entre neuronas se romperían, para volver a rehacerse de manera diferente. Increíble, pero cierto: nuestra personalidad está condicionada por cambios químicos y por el modo físico en que se configuran las moléculas en el cerebro.
Dicen muchos que el siglo XXI será para la ciencia el siglo del cerebro. ¿Quién sabe hasta dónde podríamos llegar si domináramos las estructuras cerebrales que dan lugar a un tipo u otro de personalidad?
Vamos, que lo que es seguro es que el alma no es un fantasma que tenemos entre los recovecos del cerebro, que no hay ningún fantasma en la máquina. Que el alma es la máquina. No hay ningún ente espiritual en nuestro interior ajeno a las leyes físicas y químicas.

viernes, 1 de febrero de 2008

LOS NIÑOS SON DE MARTE, LAS NIÑAS DE VENUS

Aparecía ayer una noticia según la cual en los Estados Unidos comienza de nuevo la moda de la educación con distinción entre sexos. De este modo, se dividiría entre colegios o institutos para niños y colegios o institutos para niñas, o bien en un centro mixto se separaría a los niños y a las niñas en determinados momentos, para diversas actividades o materias.
Antes de lanzarnos a la feroz crítica de lo que a simple vista parece retrógrado, debemos reflexionar acerca de si existe una razón (o razones) pedagógica que respalde la escuela con diferenciación sexual.
Veamos qué dicen los defensores de la propuesta: los defensores afirman que niños y niñas no tienen las mismas necesidades educativas, no procesan de manera igual la información y se comportan de distinta manera. Vamos, en palabras de Punset, que el cerebro tiene sexo, y que por lo tanto habrá que darle un tratamiento educativo diferente (esto último ya no lo dice Punset, a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar).
El increíblemente extendido mito de que hombre y mujer son además de iguales (legalmente), idénticos (en funcionamiento cerebral, aptitudes...etc.) está alimentado por un feminismo y una progresía mal entendidos.
Hombres y mujeres sí son iguales legalmente (o deberían serlo). La realidad sin embargo demuestra que el funcionamiento cerebral es diferente en hombres y mujeres, y así, por ejemplo, es cierto que los varones se manejan mejor al trabajar con sistemas (meteorología, máquinas...etc.) mientras que las mujeres son más hábiles al tratar con emociones.
Además, el éxito académico que en mayor proporción obtienen las niñas y las jóvenes parece deberse al mayor uso en las escuelas de la palabra (oral o escrita), mientras que la imagen, más manejable para los niños varones, no se usa apenas.
Los enemigos de la coeducación tienen pues razón al afirmar que los niños no tienen las mismas necesidades educativas que las niñas. Pero ahora yo me pregunto: ya metidos en harina, ¿por qué en vez de hacer una distinción niños-niñas no hilamos más fino y dividimos atendiendo al proceso de aprendizaje en cada sujeto?
Que las diferencias cognitivas niño-niña existen, pero no individuo a individuo, sino en promedio. Es decir, que puede ser y es que un niño “A” muestre un mayor dominio de la palabra y las emociones que la niña “B”, que dominaría más la imagen y los sistemas. Según esto, hacer una diferenciación a bulto niños-niñas no sería muy correcto.
Otro argumento que a mi entender está a favor de la coeducación es la tan cacareada inteligencia emocional. Al parecer, este es el futuro de la educación. ¿afectaría una división niños-niñas al aprendizaje emocional? Según mi parecer, mucho, especialmente a los niños. La competencia social y emocional consiste en ser capaz de administrar hábilmente las emociones para llevar una vida satisfactoria. Si niños y niñas funcionan de manera tan diferente con las emociones, será un reto para los niños tener que tratar con niñas y viceversa. Lo que es distinto nos plantea un reto, pues en principio no sabemos cómo solucionar la diferencia. Ese reto sin embargo nos hará ir siendo progresivamente más hábiles en la interacción con el sexo contrario y con las emociones en general.
Los redactores de la noticia afirman que cada vez más escuelas para sólo un sexo o escuelas mixtas que dividen a los alumnos en ciertas materias se están implantando en EEUU. Sin embargo, citan también el caso de una ciudad británica en la que hace pocos años había muchos de estos centros con separación por sexos, y sin embargo hoy ya sólo quedaban 3, aunque los resultados académicos habían mejorado para los dos sexos. Pienso yo que este fracaso a pesar de esa mejora académica debe ser por algo. Y es que separar a los niños y las niñas me parece triste, artificial y alambicado.