domingo, 31 de mayo de 2009

LLEGA A SER EL QUE ERES

La sentencia que da título a este post pertenece a Píndaro, poeta griego de la Antigüedad.
Desde un punto de vista lógico, la frase parece no tener mucho sentido. Sin embargo, intuitivamente, todos nos damos cuenta de lo que puede venir a significar. Con todo, la expresión puede dar lugar a distintas interpretaciones. Expongo aquí lo que yo interpreto que significa.
La idea de escribir sobre este tema me llegó hace un par de días, al darme cuenta de que probablemente hay aspectos de mi personalidad que permanecen latentes pero que no se manifiestan en mi vida. Entonces recordé esta sentencia, que es para mí muy evocadora.
Toda la vida es un proceso de conocimiento de nosotros mismos. De hecho, un buen conocimiento de nuestro propio ser equivale a poseer sabiduría. De esta manera, otra máxima, también de la Grecia Antigua, reza así: “Conócete a ti mismo”.
El hombre es el único animal que debe esforzarse en construirse a si mismo. Al resto de animales les basta con sus instintos, y por el contrario el ser humano debe realizar esfuerzos ingentes para llegar a ser una auténtica persona.
Siguiendo con las citas, el poeta español Pedro Salinas afirma que “vivir, desde el principio, es separarse”. ¿De qué debemos separarnos a lo largo de nuestra existencia? De todo aquello que no nos pertenece, que nos aparte de nuestra verdadera esencia, de nuestra auténtica personalidad.
Éste es el sentido que debe tener la educación, ayudar al niño a crecer rectamente, desde el punto de partida de ser él mismo, y no lo que nosotros quisiéramos que fuese.
Una de las acepciones de la palabra tutor es: “caña o estaca que se clava al pie de una planta para mantenerla derecha en su crecimiento”. De igual modo, el tutor, el educador de un niño, debe facilitar el recto desarrollo integral del educando.
Puede ser que nuestra verdadera personalidad esté sepultada debajo de muchas ideas, emociones, etc. Entonces, será uno mismo, finalmente, el encargado de ir sacando a la luz su verdadero yo, del mismo modo que un escultor logra una bella escultura a partir de un bloque de mármol.
Para que se entienda mejor este post, lo ilustro con un ejemplo, el mío propio. En mi caso, creo que en mi interior hay una agresividad a la que muy pocas veces doy rienda suelta. Todos tenemos agresividad en nuestro interior, y encauzarla hacia el exterior apropiadamente es algo complicado. Una de mis tareas consiste pues, en aprender a mostrar esa agresividad de un modo conveniente y auténtico.
Así pues, amigo, siempre fluyendo con la vida y realizando los esfuerzos en el camino acertado… ¡llega a ser el que eres!

martes, 19 de mayo de 2009

EL PUNTO NODAL DE LA FELICIDAD ( II )

Decía en la última entrada que el punto nodal de la felicidad es aquel nivel de felicidad al que tendemos, con cierta (no total, claro) independencia respecto a las circunstancias. Ese punto nodal depende de aspectos de nuestra personalidad, que supuestamente quedan establecidos al final de la etapa adolescente.
Aquí quiero tratar de esa supuesta estabilidad de los rasgos de personalidad que condicionan nuestra capacidad para la felicidad.
Los rasgos de personalidad, por definición, gozan de cierta estabilidad a lo largo de la vida adulta. Esos rasgos dependen de estos factores:
  1. Factores genéticos.
  2. Factores ambientales de nuestra primera infancia (de 0 a 6 años).
  3. Factores ambientales de la niñez y la adolescencia (de 6 años al final de la adolescencia).
El quid de la cuestión es saber si una persona, consciente y voluntariamente, es capaz de modificar estos rasgos de personalidad. Es decir, ¿podemos realizar cambios significativos en nuestra personalidad? ¿podemos hacer que estos cambios repercutan en nuestro nivel de felicidad?
Hay que tener en cuenta que detrás de cada rasgo de nuestra personalidad subyacen unas estructuras neuronales concretas, estructuras físicas que se han ido fortaleciendo a lo largo del tiempo.
Con todo, la respuesta a las dos preguntas anteriores es afirmativa: el ser humano puede alterar su cerebro (las estructuras físicas que hay en él), modificando así los rasgos propios de su personalidad, que a su vez varíen su punto nodal de la felicidad.
En Occidente se había pensado que esto era muy sencillo de hacer, que bastaba con apelar a la razón para provocar los cambios que queramos en nuestra forma de ser. Y esto es erróneo. Por la razón no podemos realizar muchos de los cambios que nos interesan para llevar una vida mejor. Un mero voluntarismo muchas veces no es suficiente.
La verificación de este hecho hará decir a Ovidio: “Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor”.
Hoy en día se sabe que podemos cambiar, pero que no es tan sencillo como parecía. No debemos apelar sólo a la razón. Debemos tratar estratos más profundos del cerebro humano. Así, sólo mediante la práctica de una constante disciplina mental conseguiremos nuestros objetivos.
Los científicos se han dedicado a estudiar especialmente la técnica mental de la meditación, llegando a la conclusión de que las personas que meditan con constancia generan en ellas mismos una anatomía cerebral específica, siendo las regiones cerebrales encargadas de la regulación emocional más grandes y activas que en las personas que no meditan.
Mediante la meditación encontramos un camino que "distrae la mente de la búsqueda obsesiva de soluciones al dolor y a la sensación de amenaza", evitando la "tempestad de pensamientos e imágenes que actúan añadiendo aún más estrés al tratar de buscar constantemente soluciones que no encontramos" (citas extraídas del libro "Técnicas de autocontrol emocional").
Como conclusión, decir que podemos cambiar, pero para ello no bastará con apelar a la razón y a la voluntad.

lunes, 11 de mayo de 2009

EL PUNTO NODAL DE LA FELICIDAD ( I )

Leyendo el muy recomendable libro de Sharon Begley titulado “Entrena tu mente, cambia tu cerebro”, me encuentro con el concepto de punto nodal de la felicidad.
La idea del punto nodal de la felicidad viene a decir lo siguiente: cada uno de nosotros tiene un punto nodal de la felicidad propio. Si imaginamos que nuestro nivel de felicidad puede medirse en una escala del 1 al 10, podríamos decir que Pepe tiene un punto nodal de la felicidad 3, y que Ana tiene un punto nodal de la felicidad 8.
Esto significa que si a Pepe, que en nuestra escala imaginaria tiene un nivel de 3, le toca la lotería, su felicidad seguramente aumentará temporalmente hasta niveles superiores, pongamos un nivel de felicidad 6 ó 7, por decir algo. Sin embargo, a medida que pase el tiempo, el nivel de felicidad de Pepe volverá a bajar, aproximadamente al nivel 3 del que ha partido.
Intervengamos ahora en la vida de Ana, en esta ocasión con un suceso (con una circunstancia) negativo. Pongamos que Ana pierde a uno de sus mejores amigos en un accidente. Ana, que parte con un nivel de felicidad “estructural” de 8, verá reducido de modo “coyuntural” su nivel de felicidad a, digamos, un nivel de 3 ó 4. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, su felicidad volverá a aumentar, hasta aproximarse a un nivel cercano al original, o sea, al 8.
Pese a que es una idea que creo que no está generalizada, lo importante no es lo que nos ocurre, sino cómo interpretamos lo que nos ocurre. Un punto nodal de la felicidad elevado garantiza que nuestra interpretación de lo que nos ocurre va a ser positiva, y que nuestra capacidad de rehacernos ante los reveses de la vida va a ser alta.
Lo importante de este concepto de punto nodal de la felicidad es que un individuo no tiene que preocuparse tanto por las circunstancias que rodean y rodearán en el futuro su vida como por el nivel de felicidad al que tiende de manera espontánea.
Este punto nodal de la felicidad se caracteriza por su estabilidad, configurando nuestro estilo afectivo, es decir, la forma en la que respondemos ante los acontecimientos de la vida. Dicha estabilidad del punto nodal es cierta al menos a partir de que alcanzamos la edad adulta. Sin embargo, una infancia feliz no garantiza una edad adulta feliz, ni una infancia infeliz nos aboca a una edad adulta desdichada.
Pero al llegar a la edad adulta el punto nodal de la felicidad (nuestro estilo afectivo, ya sea positivo o negativo) se estabiliza. Así, una persona fuerte será capaz de capear casi cualquier acontecimiento que tenga lugar en su vida, mientras que una persona débil, por muy bien que le vaya en la vida, encontrará muchas dificultades en alcanzar un nivel aceptable de felicidad.
En otras palabras, la suerte que tengamos en el día a día tiene muy poca importancia comparada con la suerte que tuvimos cuando “se repartieron” los diferentes puntos nodales de la felicidad entre todos los seres humanos. Así, como dice Goethe, la mayor suerte es la personalidad.
Con todo, por fortuna, y según han concluido los estudios científicos sobre el particular, este punto nodal no es tan estable (e incluso inamovible) como se pensaba hasta ahora. Sobre ello tratará la segunda parte de este tema.