sábado, 27 de junio de 2009

LA DIGNIDAD HUMANA

Hace unos días leí una información según la cual un sacerdote había salido en defensa de la dignidad humana contemplada desde un punto de vista ontológico. Tras consultar el significado de esta palabreja, concluí que lo que este sacerdote quería decir es que la dignidad humana es algo inherente a todo ser humano, por el mero hecho de serlo. La dignidad del hombre es universal, no predicable sólo de unos pocos.
Esta afirmación, que en principio todos suscribiríamos, en realidad está sufriendo ataques desde diversos ámbitos.
¿Qué es en realidad eso de la dignidad humana? Este concepto puede tener, al menos, tres interpretaciones:
  1. Todo ser humano, por el mero hecho de serlo, y desde su concepción hasta su muerte, goza de una dignidad inviolable, posee un valor intrínseco independiente de su condición, edad, sexo, etc. Esa dignidad nace del hecho de ser hijos de Dios. Cuando alguna vez le decía a mi madre, qepd, que mi vida era una mierda, ella me respondía que eso no era así, que yo era hijo de Dios. Qué bien hablaban nuestros mayores.
  2. La dignidad como predicable de todo ser humano por el mero hecho de serlo, como en el primer caso, pero con la diferencia de que no es Dios la fuente de esa dignidad de todo ser humano. La dignidad en este caso es una creación humana, con la que nos hemos dotado. El ser humano no tendría por si mismo un valor intrínseco, pero la Humanidad ha decidido “blindar” a todo hombre y mujer otorgándoles dignidad inalienable.
  3. La dignidad es algo etéreo. Puede no ser privativa de los seres humanos. Incluso algunos seres humanos pueden carecer de dignidad, dependiendo de sus circunstancias. Esta idea suena aberrante, pero va calando poco a poco. Como ejemplo, hace un tiempo se debatió acerca de la conveniencia de otorgar derechos formales a los animales más cercanos evolutivamente al hombre. Los defensores de esta idea afirmaron que el valor de los chimpancés era cuando menos igual que el de cualquier ser humano. Así, en blogs como “Proyecto Gran Simio” puede leerse: “No diga chimpancé, diga persona”, o “Los grandes simios cumplen con la definición de personas”. Aunque no estoy seguro al cien por cien, casi pondría la mano en el fuego por que en este debate incluso se llegó a oír que los simios tenían mayor valor que ciertos seres humanos (personas incapacitadas por graves enfermedades).
Dotar de dignidad a todos los miembros de la especie humana ha sido una idea muy buena. Buena parte del mérito de este logro se lo lleva el cristianismo, que consideró ya hace un par de milenios que con los débiles también había que contar.
Recordar que no debemos jugar con el concepto de dignidad es no sólo necesario, sino imprescindible. La dignidad humana como algo propio de todo humano debe ser una idea incontrovertible. Discutir su veracidad puede provocar que la civilización se deslice, como en tiempos no muy pretéritos, a la barbarie.

miércoles, 24 de junio de 2009

EXCUSADOS DE SEGUIR LA VIRTUD... O NO

En principio, todos estamos obligados moralmente a ser lo más virtuosos que podamos, a seguir el bien y evitar el mal. Pero, ¿hay excepciones a esta norma general? En la mayor parte de los casos (no afirmo que en todos), la respuesta, según mi parecer, es que no. Sin embargo, mucha gente opina que sí.
Hace pocos días aparecía un señor en televisión (con el rostro oculto) mostrando con orgullo las armas y estupefacientes con los que traficaba. Además, la entrevista con los periodistas tenía lugar en las escaleras del edificio en que vivía, ¡incluso con vecinos pasando! Lógicamente, después de la emisión de las imágenes por televisión, la policía intervino de oficio y arrestó a este “cráneo previlegiado” del crimen.
Pero me he ido del tema, lo que aquí interesa es que, ante la pregunta del reportero al delincuente sobre si pensaba continuar con sus actividades delictivas, éste respondió: “claro, es lo que me da de comer a mí y a mi familia”. En definitiva, que este sujeto se consideraba habilitado moralmente para extender el sufrimiento, la violencia y el dolor, con la excusa de que él y su familia debían comer. ¿Es válido este razonamiento? Yo creo que rotundamente no.
Pero hay más ejemplos en los que se da un razonamiento similar. Por ejemplo, cuando los paparazzi acosan a cualquier persona y ésta, con toda la razón, protesta, los “periodistas” o “investigadores de la actualidad” se defienden diciendo que están haciendo su trabajo… ¡pues qué trabajo más triste, molestar a los demás!
Esa excusa a mí no me vale. Por la misma regla de tres, deberíamos dejar hacer al sicario al que se le ha encargado nuestro asesinato: es su trabajo.
Continúo con otros supuestos: ¿tiene derecho el desesperado a quitarse la vida, sabiendo el dolor que causará? En este caso, las dudas son mucho mayores, ya que en muchos casos su vida es un infierno, inaguantable. La Iglesia Católica habla sobre este asunto en su Catecismo: el suicidio está siempre mal, pero las circunstancias en que se da pueden constituir un atenuante muy importante. Es decir, que según la Iglesia, ni siquiera en este caso de sufrimiento personal extremo estamos exentos de seguir la virtud. En el caso de la eutanasia, el razonamiento de la Iglesia es similar. En estos dos últimos supuestos, mis dudas son mucho mayores.
Complejos estos temas en los que la conciencia de cada cual juega un papel determinante.
Me interesa mucho conocer cuáles son sus opiniones sobre el particular, conque espero sus comentarios.

lunes, 8 de junio de 2009

IVÁN ILICH, SALVADO POR LA CAMPANA

La muerte de Iván Ilich es el título de un conmovedor relato del escritor ruso León Tolstoi.
Yo no soy muy de historietas, pero aprovechando la brevedad de ésta, y porque había oído hablar de ella, me puse a leerla. Raras veces un texto me ha conmovido tanto como el que aquí nos ocupa. Y pese a la tristeza que logra transmitir el autor, anticipo que la historia tiene un final feliz.
Iván Ilich acaba de morir, y el primer pensamiento que pasa por la cabeza de sus “amigos” es hacer cábalas para ver cómo va a correr el escalafón profesional, y pensar cómo sacar la mayor tajada posible de ello.
Por otra parte, deberán cumplir con el desagradable trámite de acudir al funeral de su “amigo”, si bien ello no supondrá la suspensión de su habitual partida de naipes.
La esposa del difunto no les va a la zaga, pues su principal preocupación es la pensión que le va a quedar tras la muerte de su marido.
Iván Ilich ha sido un individuo modélico, que ha vivido placenteramente y ha cumplido las obligaciones de su vida decorosamente… o al menos, así lo cree él.
Ilich estudió Leyes en la Universidad, tras lo cual emprende una exitosa carrera judicial. Se casa con una mujer que es buen partido para él, porque le atrae y porque su unión está muy bien considerada entre su círculo de amistades. A Iván le gusta rodearse de las altas clases sociales, siendo una persona liberal.
La vida agradable de Iván hace que los problemas de los demás sean una molestia para él, molestia que no comprende y mucho menos está dispuesto a soportar. Toma una distancia prudencial con estas personas. Así, cuando su mujer está embarazada de su primer hijo, y requiere constantemente la presencia de su marido, éste, que no comprende lo que pasa, descubre las molestias del matrimonio, y trata de pasar fuera de casa el mayor tiempo posible, con el fin de evitar la compañía de su mujer.
Finalmente, el protagonista va a ser pagado con su misma moneda. Cuando es él quien padece el castigo de la enfermedad, se da cuenta de que a él tampoco parece comprenderle nadie, y de que se halla en una soledad terrorífica. Sólo su criado y su hijo, a quien hasta entonces Iván había despreciado, se apiadan de su sufrimiento.
En su lecho de muerte, acaba siendo consciente de la verdad: su vida ha sido una farsa, un fracaso, un absurdo. El cumplimiento de las normas y convenciones de la alta sociedad y el qué dirán le han encorsetado, y han imposibilitado el desarrollo de una vida auténtica.
Iván Ilich, que no ha conocido la compasión en su vida, se redime de esa vida de vacuidad tan solo quince minutos antes de su muerte, salvado por la campana, al sentir compasión por su esposa y por su hijo. Es entonces cuando consigue dar sentido a su vida, y pese a morir entre terribles dolores físicos, su mayor dolor, el espiritual, no le atormenta ya.